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Para esa gente racista sin corazón...




Tienes 29 años, una mujer, dos hijas y un trabajo. No vives mal. Puedes incluso permitirte algunos lujos y vives en una casita en la ciudad.
De pronto la situación política de tu país cambia y unos meses más tarde tienes a unos soldados plantados delante de tu casa. Y delante de las casas de tus vecinos.
Dicen que si no luchas por ellos, te disparan.
Tu vecino se defiende.
Un tiro. Ya está.
Escuchas cómo un soldado le dice a tu mujer que abra bien las piernas.
No sabes cómo, consigues librarte de los soldados por esa vez y pasas media noche reflexionando sobre ello.
De repente escuchas un impacto. Tu casa ya no tiene salón.
Corréis fuera y veis que toda la calle está devastada.
No queda piedra sobre piedra.
Metes a tu familia en casa y corres al lugar en el que estaba la casa de tus padres.
Ya no está. Tus padres tampoco.
Rebuscas y descubres un brazo con el anillo de tu madre en el dedo. Del resto de tus padres no encuentras ni rastro.

«¡¡Pero si estos que buscan asilo viven rodeados de lujos! ¡Smartphones, ropa de marca y esas cosas!!»
...

Ya no piensas más. Corres a casa y gritas: tu mujer debe abrigar bien a las niñas. Coges una bolsa pequeña, ya que no podéis cargar más durante la huída, y metes lo indispensable. Solo caben dos mudas por cabeza en la bolsa.
¿¿Qué te llevas??
Echas un último y rápido vistazo a lo que ha sido tu hogar, construido con esfuerzo y amor. Probablemente no volverás a ver tu casa nunca más.
Ni a tu familia, ni a tus vecinos, ni a tus amigos, ni a tus compañeros de trabajo...
¿Cómo vas a mantenerte en contacto con ellos?
Inquieto, tiras tu smartphone junto con el cargador en la bolsa.
Junto con las dos mudas por cabeza, un poco de pan y el peluche favorito de tu hija pequeña.

«Pueden costearse el viaje. ¡Pues no serán tan pobres!».
...

Como se veía venir, habías reunido hasta el último céntimo que tenías.
Los ahorros de tu vida.
Gracias a tu relativamente bien pagado trabajo.
El viaje cuesta 5.000 euros por cabeza.
Tienes 15.000. Si tienes suerte, vais todos. Si no, te tienes que separar de tu mujer.
La quieres y rezas para que os lleven a todos.
Si no antes, ahora estás completamente arruinado y no tienes nada. Sólo a tu familia y la bolsa.
La huida hasta la frontera del país dura dos semanas a pie.
Tienes hambre y hace una semana que apenas has comido nada. Estás débil, igual que tu mujer. Pero lo importante es que las niñas tengan bastante.
Se pasan llorando las dos semanas.
La mitad del tiempo tienes que llevar a tu hija pequeña en brazos. Sólo tiene 21 meses.
Tras dos semanas, llegáis al mar.
En mitad de la noche os cargan en un barco junto a cientos de otros refugiados.
Tienes suerte. Toda tu familia puede subir a bordo.
El barco está tan lleno que amenaza con volcar.
Rezas porque no os ahoguéis.
La gente a tu alrededor llora, grita.
Unos niños han muerto deshidratados.
Los contrabandistas los tiran por la borda.
Tu mujer está sentada apáticamente en una esquina. Hace dos días que no bebe nada.
Cuando se ve la costa, os reparten en botes.
Tu mujer y la pequeña en uno, la mayor y tú en el de al lado.
Os exhortan a permanecer en silencio, para que nadie os oiga llegar.
La mayor lo entiende.
La pequeña en el bote de al lado no. No para de llorar.
Los demás refugiados se ponen nerviosos. Le dicen a tu mujer que haga callar a la niña.
No lo consigue.
Uno de los contrabandistas coge a tu hija, la arranca de los brazos de tu mujer y la tira por la borda.
Tu saltas inmediatamente a por ella, pero no consigues verla.
Nunca más.
En tres meses hubiera cumplido dos años.

¿¡Todavía no tienen suficiente?! ¡Aquí lo tienen muy fácil y se les da todo hecho!»


Ya ni te explicas como tú, tu mujer y tu hija mayor habéis conseguido llegar al país que os ha acogido.
Todo está como entre algodones. Tu mujer no ha vuelto a hablar desde la muerte de vuestra hija.
La mayor lleva desde entonces el peluche de la pequeña bajo el brazo y se muestra completamente apática. Ni todos los psicólogos del mundo podrán lidiar su trauma, piensas sin poder contener las lágrimas.
Pero debes aguantar. Casi habéis llegado al punto de acogida.
Son las diez de la noche. Un hombre, cuyo idioma no hablas, os lleva a un pabellón con camas plegables.
Están unas pegadas a las otras. Hay 500.
En el pabellón el ambiente es pesado y ruidoso.
Intentas orientarte. Entender qué quieren de ti las personas que están ahí.
Pero realmente apenas te tienes en pie.
Realmente casi deseas que te hubiesen disparado.
En lugar de ello, sacas tus pertenencias.
Solo dos mudas por cabeza, y tu smartphone.
Y entonces pasáis la primera noche en un país seguro.
A la mañana siguiente os reparten ropa usada.
Incluso hay ropa de marca entre las donaciones. Y un juguete para tu hija.
Recibes 140 euros. Para todo el mes.

“¡Si aquí están seguros! ¡Deberían alegrarse!”


Fuera, en el patio, vestido con tu ropa nueva, levantas tu smartphone y buscas cobertura.
Necesitas saber quién sigue con vida en tu ciudad.
Entonces pasa un “ciudadano preocupado” y te regaña.
No entiendes por qué. Entiendes algo de “¡vuelve a tu pais!”.
Fragmentos de “smartphone” y “dártelo todo hecho”.
Alguien supo traducirlo.


Y ahora dime: ¿qué sientes y qué tienes?
La respuesta a ambas preguntas es: “¡NADA!”

RELATO PARA COMPRENDER - Ramiro Duce

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